Doce en teoría que incluía material de método o
no, hay que ver qué opinan. Los apóstoles dijeron que basta de cháchara
y a laburar. Uno más, uno menos, qué más da. El trece es de mala suerte por eso
entonces mejor nos quedamos así; somos los que estamos. La verdad es que no sé.
Puede ser que la práctica nos invite a darnos cuenta de que hay cierta lógica
en lo que digo. Quizás. Juntaron las manos para orar, bendijeron el pan de cada
día y repartieron metódicamente vaso a vaso, copa a copa. O no. La borrachera
impedía discernir si la realidad era real, si Jesús era quien distribuía el
pescado o era más bien hambre para mañana. Cada tanto los doce en un lapsus de
lucidez se encomendaban nuevamente y abrían el juego. Hagan sus apuestas:
psicoanálisis o religión. Decidan si el significante unívoco o la felicidad
universal. Elijan de qué lado de la salud mental se quedan y si dos es uno,
doce uno más dos o me quedo con trece y apuesto al azar.
Es un estado de ánimo, un lugar de encuentro conmigo misma, el límite difuso entre cielo abierto y dosis inflamable. Es el espacio que me rodea y el que ocupo en tanto materia. Es la ciudad que construyo día a día y en la que me dispongo cómoda. Son las puertas que me ven entrar y las ventanas por las que me asomo. Es el camino que hace tiempo empecé a andar y que por suerte va cobrando sentido. Es un ayer cargado de ganas, el mismo que ahora me sirve de abrigo. Es un hoy, pedacito de mí, que se permite volar hasta tus manos y quedarse allí el tiempo que elijas dedicarme.
viernes, 13 de junio de 2014
sábado, 1 de marzo de 2014
Noticias de hoy
Hakuna matata y todo vuelve a comenzar. Estás acá,
estoy allí, qué más da.
Un día como cualquiera.
De esos en los que uno de los submarinos amarillos
se hunden. Quien lo habitaba, cargado de psicodelia, dispuesto a atravesar el
mar materno para emerger lleno de color en el mundo gris, prefirió esperar… Quien
lo comandaba desde afuera, preparado para recibirlo en puerto con los cachetes
inflados de amor, las pupilas dilatadas de sueños y las manos dispuestas a
hacer de la metáfora una hermosa realidad, tuvo que esperar.
¿Esperar a que estuviéramos organizados?
Frente a la convocatoria a paro y movilización aún
se escuchan voces dubitativas. Surgen intentos de negociación y se proclaman
palabras de lucha. Sigue la discusión sin encontrar un punto llano, una curva
recta, una transición, una síntesis, la verdadera dialéctica. Los nuevos
espacios de socialización que la gente del nuevo milenio frecuenta permiten
llenar a la ideología de “me gusta”s… Pero aún hoy, a una semana de la fecha de
entrega, no sabemos si lo que estará por venir realmente será lo esperado, lo
deseado, lo construido… Evidentemente, le falta salir.
Si de salir se trata (o de no salir, mejor dicho)
podríamos quedarnos con el punto de partida sencillo e incuestionable que la televisión
nos plantea; una convocatoria intensiva al análisis de la mitología o del
origen de la especie, a pensar esto de que los géneros vivimos de manera
distinta una separación. ¿No será mucho que de mi angustia se ocupe Verónica Lozano?
Periodistas filósofos y zapatos de goma…
Me voy para el supermercado, hoy tengo visitas.
Me visitan, me relatan y me actualizan; quedo presa
de mi conservadurismo heredado. Con los sobrinos políticos fue al “prohibido no
tocar” y con el ex novio conoció algunas cosas
sobre la ilegalidad que ni ella puede representar en este mundo de
formas, tradiciones y estructuras. Vaya contradicciones que me faltarían
explorar si en el camino del símbolo lacaniano me embarcara… por suerte siempre la locura ajena
parece más difícil de manejar. Por suerte me queda el goce conocido, ese del
embarazo y la maternidad, ese que me empeño en que quede "anti-matriarcalmente" reflejado en el video que me desvela, pero que, evidentemente falta,
desenmarañar…
¿Será entonces que “la era está pariendo un corazón”?
Día más, día menos: un día entero que no deja de tener que ver con eso otro de
parir. Parto individual o colectivo. Parto padecido o glorificado, parto-revolución.
Parir de una vez lo que esté adentro. Parir así, por favor, la hazaña que entre
manos nos traemos los que soñamos una civilización de sonrisas por doquier y una barbarie de derechos conquistados. La una y la otra o las dos a la vez.
¿Por culpa de la cerveza?
Recién tuve una revelación. Casi me parto la cabeza con la alacena de la cocina y (sin necesitar el golpe para reflexionar) me di cuenta de que si caigo redonda acá, moribunda, desfalleciente, nadie se daría cuenta... Por lo menos no durante el margen de tiempo necesario como para rescatarme y salvarme la vida... En fin, moriría sola en mi casa (sólo por ir a servirme un vaso más de cereveza)... Y bue, los gajes de la soltería!!
miércoles, 26 de febrero de 2014
HARDT
Deberíamos todos poder vivir así. De viernes permanente, de charla copetín debate, de extranjero añorando el origen, de turista deslumbrándose con lo nuevo, de paseo por tierra ajena, de aprendizaje e incorporación de conocimiento, de refuerzo de lo propio, de repensar las distancias y los tiempos, de fiesta filosófica y cultural. Así, desdibujando las fronteras, maquillando con colores distintos las diferencias, brindando por uno por dos por muchos, llenando el espíritu de palabras y la razón de sonrisas, impregnando el aire de corazones a pesar de no estar enamorados, llorando lágrimas de amor y soplando cariño… Ojalá todos pudiéramos estar así, en fin, construyendo lo común. I love Michael Hardt (o lo que estimula en mí). Tanto, tanto i love, que vuelvo a mi casa madrileña cargada de ideas, de imágenes, de sensaciones. Por supuesto (y pido disculpas por eso), no soy capaz de transmitírselas. Los invitó a leer “Imperio”, “Multitud” y “Declaración”. A disfrutarlos y a no estar de acuerdo. A juntarnos a charlarlos, cerveza de por medio… Y a despabilarnos un poco más, que la vida continúa y lamentablemente no estamos viviendo un bello sueño.
Logros
Se cumple un mes desde que estoy acá, en Madrid,
España, Europa.
Acabo de terminar de leer “De una infancia
medrosa”, texto de Cortázar, parte del libro “Papeles inesperados” que, gracias
a que me hice socia de la biblioteca pude leer sin tener que generar exceso de
equipaje.
Viernes pm. Salidita a pasear. Parada obligada en
la Feria del Jamón. Flamenco de yapa; de fondo, lo que pudo verse entre peladas
de hombres altos que habiéndome ganado por tiempo de llegada contaban con una
mejor ubicación frente al escenario.
Luego, cerveza en La Sureña (bar barato y
quinceañero al cual el presupuesto me permite acceder). Libro de Cortázar y
ubicación extrema, en el punto último del lugar donde el ruido se pueda
disimular lo máximo posible…
Algunas frases las reescribo en servilletas.
“En realidad,
después de los cuarenta años la verdadera cara la tenemos en la nuca, mirando
desesperadamente para atrás. Eso es lo que se llama propiamente un lugar
común”.
“Es triste
llegar a un momento de la vida en que es más fácil abrir un libro en la página
96 y dialogar con su autor, de café a tumba, de aburrido a suicida, mientras en
las mesas de al lado se habla de Argelia, de Adenauer, de Mijanou Bardot, de
Guy Trébert, de Sidney Bechet, de Michel Butor, de Nabakov, de Zao-Wuki, de
Louison Bobet, y en mi país los muchachos hablan ¿de qué hablan los muchachos
en mi país?”
“Así andaban,
Punch and Judy, atrayéndose y rechazándose como hace falta si no se quiere que
el amor termine en cromo o en romanza sin palabras. Pero el amor, esa palabra…”
Otras apelan a la memoria, las últimas requieren
volver y repensarlas.
“La casa de
mi infancia estaba llena de sombras, recodos, altillos y sótanos, y a la caída
de la noche las distancias se desmesuraban para ese chico que debía ir al baño
atravesando dos patios, o traer lo que le pedían desde una despensa remota.”
El miedo de niño difiere del miedo de adulto, o no
tanto, quizás sólo cambian los fantasmas.
Mis casi treinta, me invitan a hacerme cargo de mis
nuevos miedos y dejar de lado las sábanas blancas y los hombres de la bolsa,
que habrán podido hacerme vibrar de más pequeña, pero hoy ya no logran lo
mismo.
Justo ayer, en el trabajo, pude ser parte de una
terapia grupal de personas con diagnóstico de “trastorno de la personalidad” en
la cual un psicólogo intervenía preguntándole al hombre que lloraba
desconsoladamente “¿no será que estás lleno de miedo?”. Implicación de por
medio, uno no puede evitar recordar su terapia individual… ¿qué es entonces lo
que nos diferencia de los “locos”? ¿La capacidad de razonar la locura?
¿Será que lo que más nos duele del miedo es eso que
nos reconecta con nuestra parte de niño? La cosa a la que se teme queda en
segundo plano mientras lo que genere realmente angustia sea eso de volvernos
vulnerables, pasibles de la mirada del otro, necesitados de protección. Insistimos
en volver al vientre materno al mismo tiempo que nos aterra: la plenitud de
satisfacción de necesidades se conjuga con la falta de espacio propio. La
contradicción eterna. Pretendemos la libertad sin resignar la seguridad.
Una de las cosas que tuve que enfrentar antes de
venir acá es mi miedo. Miedo a poder. Miedo a ser capaz. Miedo a devorarme el dinero
guardado, ese obtenido de una de las formas más tristes de las que se puede
adquirir y una reliquia de aquello que terminó. Miedo a enfrentar el reto de
contarle mis miserias a una mujer que simplemente me “ayudaría” por ser adepta
de Freud y Lacan. Miedo a volverme valiente y desafiar las distancias, las
fronteras, la infinidad de molinos de vientos que se me antepusieran. Miedo a
volverme flexible, destruir la coraza, vencer la estructura y construir esa “no
atadura” que caracterizó el último tiempo. Saberme capaz de pulverizar esos
miedos me llevó un año y medio (de terapia, de llantos, idas y venidas, dudas, broncas).
Acá estoy, un mes después de llegar, atravesando una
gripe (y bue, el inconsciente plantea revancha permanentemente), haciendo un
balance (muy típico en mí: disputa entre razón y sentimiento) y encontrándome
plena.
De a ratos, sobre todo cuando voy caminando, la
imagen se congela por un instante y caigo en la cuenta de que finalmente estoy
acá. Lo logré.
Cadena de significantes
Estoy tratando de encontrar el equivalente argento
de la cadena de ¿significantes? “ya (léase ia), vale, venga, nada”…
¡Qué manera de gastar saliva pronunciando una
cantidad de palabras que simplemente son de relleno!
Acompañan en quien las produce la intención de
saludar, aseverar, agradar, apaciguar, amortizar los contenidos… La
multiplicidad de usos y situaciones en las que la seguidilla de eslabones encaja,
no deja de sorprender.
El español vive así, circulando por las muletillas
del lenguaje, vagando por la expresión corporal, el tono, el volumen de voz y
el pronunciamiento de estos bocadillos, sin cesar.
El extranjero, por el contrario, se siente
provocado e inevitablemente convocado a sentir una gran expectativa frente al
supuesto significado a sobrevenir. Queda así, vagando en las ganas de escuchar
algo más y de entender por qué ha sido necesario tanto rejunte de letras en
vano.
Si se inaugurara la versión de “la gente anda
diciendo” española el premio a la mejor frase lo adquiriría: “sí, ven, anda,
pues”. Y en los datos de contexto aparecería: mujer de 50 años en el colectivo,
madre a su niño en la Calle de Irlandeses, joven en un bar, hombre mayor por
teléfono y las infinitas combinaciones de las variables de género, edad, tiempo
y espacio habidas y por haber.
Realmente la cultura y sus variantes sorprenden y
asustan.
Por suerte me toca estar viviendo una de esas
oportunidades que se dan de vez en cuando y que permiten dejarse avasallar por la
sorpresa y el miedo.
¡Venga, qué va! Bienvenida esta putada, una real
ostia. ¡Vale, a permitírsela!
Amén.
Rutina
La noche comenzó serena. Pudiendo hasta vencer las mañas, controlando
mayormente la carraspera (algo así como la picazón en la garganta que aparece
cual síntoma del insconsciente a boicotear cualquier escena compleja), logrando
evitar los nervios y desentendiéndome de la culpa. Así, la noche comenzó
altamente saludable (mi terapeuta estaría orgullosa, casi casi me daría el
alta).
La noche siguió risueña. Ironizando sobre la vida, desencontrándonos
en el laberinto de las particularidades del lenguaje, permitiéndonos una cuota
de niñez y juego. Así, la noche siguió profundamente divertida.
La noche continuó seria. Invitándonos al debate, problematizando la
realidad social, surfeando por esas cosas de la política y la mar en coche,
poniendo a prueba nuestras ideologías y compromisos éticos. Así, la noche
continuó muy interesante.
La noche terminó cachonda. Ahí donde el beso comienza a prenderse
fuego, suspirando calor, proponiendo la retirada de las sentencias y de los
modales, recorriendo al otro en su forma más personal, incendiando las miradas
y estrechando las manos sin intención de soltar plegarias, alcanzando el tiempo
para la caricia, sobrando el tiempo para el placer, faltando el tiempo para el
amor. Así, la noche terminó boca arriba,
en un continuará.
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