Mi compañera me aviva sobre el método. Al llegar a
la estación final es necesario quedarse en el asiento varios minutos más luego
de la detención del tren. Pretender el descenso inmediato resulta el embarque
hacia esa especie de suicidio que supone el ir rebotando entre codazos y
empujones.
Hay que contener la inercia propia del cuerpo que
invita a levantarse y escapar. Hay que reservarse quieto en el lugar hasta que
el vagón vuelva a llenarse. Una vez así, con cautela y cara de “acá no ha
pasado nada”, uno agarra fuerte sus petates y emprende la huida intentando
sortear los obstáculos personificados que se interponen en el camino.
Uno nunca sale ileso de esta escena. Como mínimo
suele llevarse consigo una cuota extra de violencia contenida. Como máximo,
algunos moretones de más y otros elementos personales de menos.
Parece ser que la ley de la materia difícilmente se
cumple en este recinto. La señorita en cuarto grado nos enseña que para poder
llenar un vaso, primero hay que vaciarlo. Sin embargo, a pesar de que la
mayoría de los que pasan por allí acusan portar primaria completa, el analfabetismo se hace presente cada vez que
subir al vagón resulta el paso lógicamente anterior a esperar que bajen de él.
Definitivamente el Sarmiento no hace honor a su
nombre. Si los que pensaron en cómo llamarlo hubieran vinculado mejor la
historia argentina que aparece en los manuales escolares con lo que sucede cada
día en la estación, probablemente hubiesen elegido como ícono al enemigo
entrañable del patriotismo, a Juan Manuel de Rosas.
Once un viernes a las seis de la tarde no se
parece en nada a un agujero. Es lo más parecido al choque permanente de
moléculas. Es el conglomerado irregular de infinidad de personas que se
atropellan mascullando el cansancio acumulado tras la jornada laboral. No es ni
un hueco, ni un vacío, ni un boquete en medio de la cuidad. Simplemente, todo
lo contrario. Es el hormiguero de los transeúntes. Por él circulan las obreras reproduciendo
las reglas de la “reina-capital”. Es el
momento en que la modernidad, tardía para unos, líquida para otros, no tarda en
liquidarse.