Es un estado de ánimo, un lugar de encuentro conmigo misma, el límite difuso entre cielo abierto y dosis inflamable. Es el espacio que me rodea y el que ocupo en tanto materia. Es la ciudad que construyo día a día y en la que me dispongo cómoda. Son las puertas que me ven entrar y las ventanas por las que me asomo. Es el camino que hace tiempo empecé a andar y que por suerte va cobrando sentido. Es un ayer cargado de ganas, el mismo que ahora me sirve de abrigo. Es un hoy, pedacito de mí, que se permite volar hasta tus manos y quedarse allí el tiempo que elijas dedicarme.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Once un viernes a las 6 de la tarde


Mi compañera me aviva sobre el método. Al llegar a la estación final es necesario quedarse en el asiento varios minutos más luego de la detención del tren. Pretender el descenso inmediato resulta el embarque hacia esa especie de suicidio que supone el ir rebotando entre codazos y empujones.
Hay que contener la inercia propia del cuerpo que invita a levantarse y escapar. Hay que reservarse quieto en el lugar hasta que el vagón vuelva a llenarse. Una vez así, con cautela y cara de “acá no ha pasado nada”, uno agarra fuerte sus petates y emprende la huida intentando sortear los obstáculos personificados que se interponen en el camino.
Uno nunca sale ileso de esta escena. Como mínimo suele llevarse consigo una cuota extra de violencia contenida. Como máximo, algunos moretones de más y otros elementos personales de menos.
Parece ser que la ley de la materia difícilmente se cumple en este recinto. La señorita en cuarto grado nos enseña que para poder llenar un vaso, primero hay que vaciarlo. Sin embargo, a pesar de que la mayoría de los que pasan por allí acusan portar primaria completa,  el analfabetismo se hace presente cada vez que subir al vagón resulta el paso lógicamente anterior a esperar que bajen de él.  
Definitivamente el Sarmiento no hace honor a su nombre. Si los que pensaron en cómo llamarlo hubieran vinculado mejor la historia argentina que aparece en los manuales escolares con lo que sucede cada día en la estación, probablemente hubiesen elegido como ícono al enemigo entrañable del patriotismo, a Juan Manuel de Rosas.
Once un viernes a las seis de la tarde no se parece en nada a un agujero. Es lo más parecido al choque permanente de moléculas. Es el conglomerado irregular de infinidad de personas que se atropellan mascullando el cansancio acumulado tras la jornada laboral. No es ni un hueco, ni un vacío, ni un boquete en medio de la cuidad. Simplemente, todo lo contrario. Es el hormiguero de los transeúntes. Por él circulan las obreras reproduciendo las reglas de la “reina-capital”.  Es el momento en que la modernidad, tardía para unos, líquida para otros, no tarda en liquidarse. 

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