Don narciso se apresura. No quiere
llegar tarde a su festín. Espejos se le astillan en las manos y no pretende renacer. Alcanza ver un reflejo, algo mecer, en el canto de la madre, recostar. La herida duele desde adentro, sangra al verse des-reflejar. Un todo
se hace nada en un momento, el eco devuelve una sola voz. Don narciso ha quedado solo, sed de hijo, escrúpulo de maldad. Don narciso ya no
hace terapia e imagina aquel momento en que pueda volver a construir de a dos. De
a dos manzanas, de a pasitos y a poquito, una gran ciudad. Una suya, una sola es
lo que importa. Don narciso, imagina dimensiones exactas, planea la simple configuración del urbanismo ideal. Don narciso pelea con sus ganas, no aguanta. No puede ya. Y se tira a reposar.
Sueña que un día el ego aplacará; el llanto y el fuego se apagarán, sin más. Puro
don narciso, eso quedará; eso, y acabar. Solo, templo de la unidad. Don narciso, monumento a la soledad.