Tristeza por estar en venta.
Precio barato. Vendo una bolsa de papas, ¿quién me la quiere comprar? Última
oportunidad. Un mes. Un silencio. Un vacío. ¿Solita? Ay Teresita... sos tan
teresita... Uñas rojas, me permuto. Caminata. Medio sol. Media luna. ¿En qué
luna estaremos? Miércoles. Suspenso. Encuentro. Reencuentro. ¿Me encontraré? No
quise engañarme con la ilusión. ¿Ilusión? ¿Qué ilusión? Pelusas ilusas.
Ilusiones peludas. Pelucas para atraer la venta. Vendo mis ilusiones. Ni
siquiera escritora, ni siquiera alta, ni siquiera grande. Casi todo. Y nada. Sí
y no. Cama arriba, cama abajo. ¿Qué cama? Ojalá tuviera cama. Ni siquiera
camilla. En realidad si estuviera en una camilla no sería una buena señal.
Señales. ¿Telepatía? JA. Me río de janeiro. ¿Conocés a Ronaldhino de Bahía? No
te perdés nada. Perdido por perdido, se hace camino al andar. Y al que anda
Dios lo ayuda. Y a buen madrugador pocas palabras. Palabras, para qué. Se las
lleva el viento. Viento dile a la lluvia... o a quien sea. Dile a alguien. Que
aunque sea una persona se entere de mi llanto, de mi tristeza, de mi alma en
venta. Y que por favor quiera venir a buscarme. Y que por favor quiera comprar
mis lágrimas.
Es un estado de ánimo, un lugar de encuentro conmigo misma, el límite difuso entre cielo abierto y dosis inflamable. Es el espacio que me rodea y el que ocupo en tanto materia. Es la ciudad que construyo día a día y en la que me dispongo cómoda. Son las puertas que me ven entrar y las ventanas por las que me asomo. Es el camino que hace tiempo empecé a andar y que por suerte va cobrando sentido. Es un ayer cargado de ganas, el mismo que ahora me sirve de abrigo. Es un hoy, pedacito de mí, que se permite volar hasta tus manos y quedarse allí el tiempo que elijas dedicarme.
viernes, 13 de julio de 2012
Breve historia de un amor breve - Noviembre 2006
Un día.
Un hombre.
Una mujer.
Un encuentro.
Una flor.
Un cenicero.
Un café
y dos besos.
La misma mujer.
Un reencuentro.
Un clavel.
Una vela.
Un colchón
y mucho sexo.
Esa mujer.
Un desencuentro.
Una nota.
Una lágrima.
Un adiós
y un sueño muerto.
Un hombre.
Una mujer.
Un encuentro.
Una flor.
Un cenicero.
Un café
y dos besos.
Otro día.
El mismo hombre.La misma mujer.
Un reencuentro.
Un clavel.
Una vela.
Un colchón
y mucho sexo.
Un tercer día.
Ese hombre.Esa mujer.
Un desencuentro.
Una nota.
Una lágrima.
Un adiós
y un sueño muerto.
martes, 3 de julio de 2012
Cuento fantástico última parte
·
Día 5
Había ido dispuesto a contarle lo de mi separación
y terminé hablando del boleto. Era como si Ana ya supiera lo de la ruptura. Ni
siquiera pareció conmoverse.
Ese día había decidido resolver la cuestión del
boleto. No subí al colectivo como siempre sino que fui hasta la terminal para
hablar directamente con alguien que pudiera explicarme. Llevaba conmigo los ocho
pasajes errados. Todos quince de febrero del dos mil trece. Todos 1 5 2 1 3.
Lo elegí por no traer puesta una camisa celeste.
Pensé que el color blanco debía representar jerarquía. Nunca supe si había acertado respecto de su
puesto de trabajo, pero por lo menos revelé el enigma. Lo que yo consideraba fecha
no era más que el código del transporte, formado por el número de línea seguido
del de tramo de recorrido. Colectivo 152 tomado en el momento del trayecto
número 13. Una verdadera pavada. Resultó que nueve días de misterio se
evaporaban en una explicación de dos segundos y tres oraciones. Pude ver cómo
todo mi esfuerzo, mis tácticas de espionaje, mis hipótesis y demases se hacían
trizas mientras el buen hombre me “entresonreía” con gesto de piedad y me
palmeaba la espalda consolando mi manía. Salí de ahí murmurando “bien podría
haberse entendido 15 del 2 del 13” intentando así reivindicar un poco mi
cordura.
Ana preguntó entonces qué significaba “15 del 2
del 13”. Me irritó que se hiciera la sorprendida, sabía perfectamente que esa
combinación representaba la fecha estimativa de mi casamiento. Hizo un par de
reflexiones matemáticas y otras un poco más psicoanalíticas sobre la
vinculación de los hechos. Logró terminar de ofuscarme. Salí del consultorio
dando un portazo, enojado con ella, con Silvina, conmigo, con los colectivos,
el inconsciente y el más allá.
A las pocas cuadras, las palabras agolpadas en mi
cabeza empezaban a ordenarse. Un tanto más calmado pensé que era hora de ubicar
cada nombre en su lugar y tomar una decisión. Marqué la secuencia numérica y
del otro lado del teléfono apareció ella. Como si se tratara de una extraña no
pude más que balbucear y de manera entrecortada invitarla a salir.
-¡Desde hace más de una semana estoy esperando
este llamado!
Su respuesta alcanzó. Dispuse el cuerpo en
retroceso y avancé sobre mis pasos. Recorrí el camino de regreso sonriendo.
Tuve la certeza de que al día siguiente el cuarto
lugar me encontraría con el boleto correcto entre las manos.
Cuento fantástico - parte 4
·
Día 4
El sueño quedó trunco cuando el rayo de luz marcó
la hora de comenzar el ritual de iniciación. Mientras me vestía, sólo podía
recordar, difusamente, que dos mujeres se acercaban a mí con paso firme y
sincronizado. Avanzaban juntas imitando una marcha militar pero no parecían
pertenecer al mismo escuadrón. Luego de un recorrido a la par una de ellas
lograba estirar la mano intentando alcanzarme. Ahí nomás fue cuando la aguja
del reloj natural decidió que no conocería el final de esa historia.
La ropa. El baño. Las tres cuadras. El 152.
Algunas caras repetidas. Y, por supuesto, el boleto errado. Ya parecía que ese
irrespetuoso se había instalado en mi rutina. Ni el cuarto lugar ni aquella
cortina pudieron cobijarme. Tuve que repetir la secuencia del día anterior
realizando el relevamiento de los pasajes que portaban mis compañeros de viaje.
Nadie compartía mi suerte.
Decidí ampliar la muestra y en la parada siguiente
hice un trasbordo para verificar que el problema no estuviera en la unidad de
traslado. Ocho pasajeros más confirmaron la regla. Continuaba siendo yo el
único distinto.
Insistí con el colectivo que venía detrás. Quince
de febrero de dos mil trece fechaba mi papel. Desde hacía una semana el tiempo
se había detenido en ese día.
Debo confesar que finalmente me encontré
recorriendo un tramo de veinte cuadras arriba de un total de cinco medios de
transporte diferentes. Nunca una distancia tan corta habría merecido semejante
revuelo. La indignación terminó de despertarse. Había quintuplicado mi gasto de
viático diario sin poder descifrar el misterio.
-¡Y encima, llegué tarde al trabajo!
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