·
Día 4
El sueño quedó trunco cuando el rayo de luz marcó
la hora de comenzar el ritual de iniciación. Mientras me vestía, sólo podía
recordar, difusamente, que dos mujeres se acercaban a mí con paso firme y
sincronizado. Avanzaban juntas imitando una marcha militar pero no parecían
pertenecer al mismo escuadrón. Luego de un recorrido a la par una de ellas
lograba estirar la mano intentando alcanzarme. Ahí nomás fue cuando la aguja
del reloj natural decidió que no conocería el final de esa historia.
La ropa. El baño. Las tres cuadras. El 152.
Algunas caras repetidas. Y, por supuesto, el boleto errado. Ya parecía que ese
irrespetuoso se había instalado en mi rutina. Ni el cuarto lugar ni aquella
cortina pudieron cobijarme. Tuve que repetir la secuencia del día anterior
realizando el relevamiento de los pasajes que portaban mis compañeros de viaje.
Nadie compartía mi suerte.
Decidí ampliar la muestra y en la parada siguiente
hice un trasbordo para verificar que el problema no estuviera en la unidad de
traslado. Ocho pasajeros más confirmaron la regla. Continuaba siendo yo el
único distinto.
Insistí con el colectivo que venía detrás. Quince
de febrero de dos mil trece fechaba mi papel. Desde hacía una semana el tiempo
se había detenido en ese día.
Debo confesar que finalmente me encontré
recorriendo un tramo de veinte cuadras arriba de un total de cinco medios de
transporte diferentes. Nunca una distancia tan corta habría merecido semejante
revuelo. La indignación terminó de despertarse. Había quintuplicado mi gasto de
viático diario sin poder descifrar el misterio.
-¡Y encima, llegué tarde al trabajo!
No hay comentarios:
Publicar un comentario