Cena. Desayuno. Almuerzo. Merienda. Cena.
Qué fácil sería todo si la vida se redujera
simplemente a esa secuencia. Sólo quedaría llenar los huecos con besos y
demases, sólo faltaría acomodarse en los espacios y esperar a que llegue el
próximo momento.
Qué fácil resultaría transitar por un día cargado
de sabores y bebidas, repleto de no más nada que platos, vasos y cubiertos.
Sólo restaría quedarse quietos aguardando el siguiente receso, sólo bastaría
con agarrarnos de la mano sabiendo que brindaremos nuevamente, frente a frente,
por el encuentro.
Qué fácil se haría soportar el silencio, el vacío,
el cuerpo denso, si supiéramos que sólo durará lo que tarde en volver a
llenarse el estómago hambriento.
Qué fácil sería todo si
la vida fuera simplemente repetir esas veinticuatro horas, volveríamos a
empezar en cada minuto cero y comprenderíamos que el final no se avecinará
nunca mientras exista un bar abierto.