Es un estado de ánimo, un lugar de encuentro conmigo misma, el límite difuso entre cielo abierto y dosis inflamable. Es el espacio que me rodea y el que ocupo en tanto materia. Es la ciudad que construyo día a día y en la que me dispongo cómoda. Son las puertas que me ven entrar y las ventanas por las que me asomo. Es el camino que hace tiempo empecé a andar y que por suerte va cobrando sentido. Es un ayer cargado de ganas, el mismo que ahora me sirve de abrigo. Es un hoy, pedacito de mí, que se permite volar hasta tus manos y quedarse allí el tiempo que elijas dedicarme.

miércoles, 26 de febrero de 2014

Rutina

La noche comenzó serena. Pudiendo hasta vencer las mañas, controlando mayormente la carraspera (algo así como la picazón en la garganta que aparece cual síntoma del insconsciente a boicotear cualquier escena compleja), logrando evitar los nervios y desentendiéndome de la culpa. Así, la noche comenzó altamente saludable (mi terapeuta estaría orgullosa, casi casi me daría el alta).
La noche siguió risueña. Ironizando sobre la vida, desencontrándonos en el laberinto de las particularidades del lenguaje, permitiéndonos una cuota de niñez y juego. Así, la noche siguió profundamente divertida.
La noche continuó seria. Invitándonos al debate, problematizando la realidad social, surfeando por esas cosas de la política y la mar en coche, poniendo a prueba nuestras ideologías y compromisos éticos. Así, la noche continuó muy interesante.

La noche terminó cachonda. Ahí donde el beso comienza a prenderse fuego, suspirando calor, proponiendo la retirada de las sentencias y de los modales, recorriendo al otro en su forma más personal, incendiando las miradas y estrechando las manos sin intención de soltar plegarias, alcanzando el tiempo para la caricia, sobrando el tiempo para el placer, faltando el tiempo para el amor. Así, la noche terminó boca arriba, en un continuará. 

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