La noche comenzó serena. Pudiendo hasta vencer las mañas, controlando
mayormente la carraspera (algo así como la picazón en la garganta que aparece
cual síntoma del insconsciente a boicotear cualquier escena compleja), logrando
evitar los nervios y desentendiéndome de la culpa. Así, la noche comenzó
altamente saludable (mi terapeuta estaría orgullosa, casi casi me daría el
alta).
La noche siguió risueña. Ironizando sobre la vida, desencontrándonos
en el laberinto de las particularidades del lenguaje, permitiéndonos una cuota
de niñez y juego. Así, la noche siguió profundamente divertida.
La noche continuó seria. Invitándonos al debate, problematizando la
realidad social, surfeando por esas cosas de la política y la mar en coche,
poniendo a prueba nuestras ideologías y compromisos éticos. Así, la noche
continuó muy interesante.
La noche terminó cachonda. Ahí donde el beso comienza a prenderse
fuego, suspirando calor, proponiendo la retirada de las sentencias y de los
modales, recorriendo al otro en su forma más personal, incendiando las miradas
y estrechando las manos sin intención de soltar plegarias, alcanzando el tiempo
para la caricia, sobrando el tiempo para el placer, faltando el tiempo para el
amor. Así, la noche terminó boca arriba,
en un continuará.
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