Estoy tratando de encontrar el equivalente argento
de la cadena de ¿significantes? “ya (léase ia), vale, venga, nada”…
¡Qué manera de gastar saliva pronunciando una
cantidad de palabras que simplemente son de relleno!
Acompañan en quien las produce la intención de
saludar, aseverar, agradar, apaciguar, amortizar los contenidos… La
multiplicidad de usos y situaciones en las que la seguidilla de eslabones encaja,
no deja de sorprender.
El español vive así, circulando por las muletillas
del lenguaje, vagando por la expresión corporal, el tono, el volumen de voz y
el pronunciamiento de estos bocadillos, sin cesar.
El extranjero, por el contrario, se siente
provocado e inevitablemente convocado a sentir una gran expectativa frente al
supuesto significado a sobrevenir. Queda así, vagando en las ganas de escuchar
algo más y de entender por qué ha sido necesario tanto rejunte de letras en
vano.
Si se inaugurara la versión de “la gente anda
diciendo” española el premio a la mejor frase lo adquiriría: “sí, ven, anda,
pues”. Y en los datos de contexto aparecería: mujer de 50 años en el colectivo,
madre a su niño en la Calle de Irlandeses, joven en un bar, hombre mayor por
teléfono y las infinitas combinaciones de las variables de género, edad, tiempo
y espacio habidas y por haber.
Realmente la cultura y sus variantes sorprenden y
asustan.
Por suerte me toca estar viviendo una de esas
oportunidades que se dan de vez en cuando y que permiten dejarse avasallar por la
sorpresa y el miedo.
¡Venga, qué va! Bienvenida esta putada, una real
ostia. ¡Vale, a permitírsela!
Amén.
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