Se cumple un mes desde que estoy acá, en Madrid,
España, Europa.
Acabo de terminar de leer “De una infancia
medrosa”, texto de Cortázar, parte del libro “Papeles inesperados” que, gracias
a que me hice socia de la biblioteca pude leer sin tener que generar exceso de
equipaje.
Viernes pm. Salidita a pasear. Parada obligada en
la Feria del Jamón. Flamenco de yapa; de fondo, lo que pudo verse entre peladas
de hombres altos que habiéndome ganado por tiempo de llegada contaban con una
mejor ubicación frente al escenario.
Luego, cerveza en La Sureña (bar barato y
quinceañero al cual el presupuesto me permite acceder). Libro de Cortázar y
ubicación extrema, en el punto último del lugar donde el ruido se pueda
disimular lo máximo posible…
Algunas frases las reescribo en servilletas.
“En realidad,
después de los cuarenta años la verdadera cara la tenemos en la nuca, mirando
desesperadamente para atrás. Eso es lo que se llama propiamente un lugar
común”.
“Es triste
llegar a un momento de la vida en que es más fácil abrir un libro en la página
96 y dialogar con su autor, de café a tumba, de aburrido a suicida, mientras en
las mesas de al lado se habla de Argelia, de Adenauer, de Mijanou Bardot, de
Guy Trébert, de Sidney Bechet, de Michel Butor, de Nabakov, de Zao-Wuki, de
Louison Bobet, y en mi país los muchachos hablan ¿de qué hablan los muchachos
en mi país?”
“Así andaban,
Punch and Judy, atrayéndose y rechazándose como hace falta si no se quiere que
el amor termine en cromo o en romanza sin palabras. Pero el amor, esa palabra…”
Otras apelan a la memoria, las últimas requieren
volver y repensarlas.
“La casa de
mi infancia estaba llena de sombras, recodos, altillos y sótanos, y a la caída
de la noche las distancias se desmesuraban para ese chico que debía ir al baño
atravesando dos patios, o traer lo que le pedían desde una despensa remota.”
El miedo de niño difiere del miedo de adulto, o no
tanto, quizás sólo cambian los fantasmas.
Mis casi treinta, me invitan a hacerme cargo de mis
nuevos miedos y dejar de lado las sábanas blancas y los hombres de la bolsa,
que habrán podido hacerme vibrar de más pequeña, pero hoy ya no logran lo
mismo.
Justo ayer, en el trabajo, pude ser parte de una
terapia grupal de personas con diagnóstico de “trastorno de la personalidad” en
la cual un psicólogo intervenía preguntándole al hombre que lloraba
desconsoladamente “¿no será que estás lleno de miedo?”. Implicación de por
medio, uno no puede evitar recordar su terapia individual… ¿qué es entonces lo
que nos diferencia de los “locos”? ¿La capacidad de razonar la locura?
¿Será que lo que más nos duele del miedo es eso que
nos reconecta con nuestra parte de niño? La cosa a la que se teme queda en
segundo plano mientras lo que genere realmente angustia sea eso de volvernos
vulnerables, pasibles de la mirada del otro, necesitados de protección. Insistimos
en volver al vientre materno al mismo tiempo que nos aterra: la plenitud de
satisfacción de necesidades se conjuga con la falta de espacio propio. La
contradicción eterna. Pretendemos la libertad sin resignar la seguridad.
Una de las cosas que tuve que enfrentar antes de
venir acá es mi miedo. Miedo a poder. Miedo a ser capaz. Miedo a devorarme el dinero
guardado, ese obtenido de una de las formas más tristes de las que se puede
adquirir y una reliquia de aquello que terminó. Miedo a enfrentar el reto de
contarle mis miserias a una mujer que simplemente me “ayudaría” por ser adepta
de Freud y Lacan. Miedo a volverme valiente y desafiar las distancias, las
fronteras, la infinidad de molinos de vientos que se me antepusieran. Miedo a
volverme flexible, destruir la coraza, vencer la estructura y construir esa “no
atadura” que caracterizó el último tiempo. Saberme capaz de pulverizar esos
miedos me llevó un año y medio (de terapia, de llantos, idas y venidas, dudas, broncas).
Acá estoy, un mes después de llegar, atravesando una
gripe (y bue, el inconsciente plantea revancha permanentemente), haciendo un
balance (muy típico en mí: disputa entre razón y sentimiento) y encontrándome
plena.
De a ratos, sobre todo cuando voy caminando, la
imagen se congela por un instante y caigo en la cuenta de que finalmente estoy
acá. Lo logré.
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