Es un estado de ánimo, un lugar de encuentro conmigo misma, el límite difuso entre cielo abierto y dosis inflamable. Es el espacio que me rodea y el que ocupo en tanto materia. Es la ciudad que construyo día a día y en la que me dispongo cómoda. Son las puertas que me ven entrar y las ventanas por las que me asomo. Es el camino que hace tiempo empecé a andar y que por suerte va cobrando sentido. Es un ayer cargado de ganas, el mismo que ahora me sirve de abrigo. Es un hoy, pedacito de mí, que se permite volar hasta tus manos y quedarse allí el tiempo que elijas dedicarme.

martes, 18 de junio de 2013

Duelo

¿Cuánto falta para llegar?
Mamá relaja la espera, intenta calmar la angustia que provoca el no saber.
Pero no alcanza. El abismo se hace cada vez más grande. Parece que caemos, bordeamos el delgado límite que nos separa. Si resbalamos, plaf. Si nos mantenemos erguidos quizás podamos quedarnos por acá un rato más.
¿Por qué nunca morimos en los sueños? Despertamos justo ahí. Respiramos nuevamente cuando abrimos los ojos. La lanza no termina de clavarse. El golpe nunca llega, el piso se hace desear. ¿Es el inconsciente que se resiste a perder la última batalla? ¿Será pura generosidad de su parte dejarle a la vigilia esa suerte? ¿O simplemente cobardía frente a la posibilidad de perder el último espacio sobre el que aún sostiene su dominio?
Mamá me estira la mano y dice que ya va a pasar. Cuando niño, alcanzaba su abrazo. Hoy ya no es eso lo que intento encontrar. Sólo quiero que pueda responderme la simple pregunta. Sin mucho rodeo, sacándose la máscara de hada, limpiándose el maquillaje de heroína, hasta permitiéndose dudar.
¿Cuánto falta para llegar? Enuncia elucubraciones medidas números. Sonríe por si acaso. Y sigue sin entender.
Si pudiera morir en el sueño, ¿despertaría en el cielo?
Echo a llorar y no hay madraza que valga, ni teta, ni caricia arrugada.
La montaña se aleja y comienzo a caer. Sólo necesito conocer ese tiempo. ¿Cuánto falta para llegar?
Poco antes de estrellarme mamá pregunta ¿a dónde?

Lentamente recupera su humanidad. Se hace nítida por un segundo. La miro desde abajo mientras se deja ir. Sonrío. La voy viendo apagarse y perderse en la niebla espesa que nubla mi entorno. Esbozo un “acá, aquí, aquel allá, el muy lejano, el nunca más”. Repito mientras me desintegro. Repito y llego a registrar mi último recuerdo. El cuándo no es nada sin su lugar y el dónde no existe sin el reloj que lo pueda en-marcar.

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