Es un estado de ánimo, un lugar de encuentro conmigo misma, el límite difuso entre cielo abierto y dosis inflamable. Es el espacio que me rodea y el que ocupo en tanto materia. Es la ciudad que construyo día a día y en la que me dispongo cómoda. Son las puertas que me ven entrar y las ventanas por las que me asomo. Es el camino que hace tiempo empecé a andar y que por suerte va cobrando sentido. Es un ayer cargado de ganas, el mismo que ahora me sirve de abrigo. Es un hoy, pedacito de mí, que se permite volar hasta tus manos y quedarse allí el tiempo que elijas dedicarme.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Se va el tren...


Maxi aspiró el fondo de la bolsa mientras esperaba que el tren reanudara la marcha. Sus compañeros se amontonaban a sus costados. Yacían boquiabiertos cuando el tambaleo no los obligaba a rechinar los dientes. En boca cerrada no entran moscas y en esas bocas hacía rato que no entraba algo más que miseria.

Un perro viejo los miraba desde el otro lado del furgón sin sorprenderse demasiado. El Sarmiento se convertía cotidianamente en escenario para el show de la pobreza.

La mugre surge habitué, la droga circula como parte del festín y la mayoría de las caras deambulan por el lugar reconociendo esa rutina como lo ajeno. Lo “otro” no molesta mientras no se adjudique como propio. Así,  la máquina va recorriendo las estaciones y los trabajadores suben y bajan. Contraponiéndose al incesante movimiento, la imagen de la carencia se congela, como fotografía pintoresca de la otra cara de la moneda.

El tren continuó su trayecto de manera normal, pero cuando se detuvo en estación Flores, la gente comenzó a impacientarse. Maxi vivía la escena en cámara lenta. Ni las corridas, ni el olor a goma quemada, ni el grito de los pasajeros lograron inquietarlo. Fiel a su entrenamiento diario lo único que pudo advertir fue la aproximación de las botas y los palos.

La frecuencia de accidentes que se suceden últimamente en ese tramo del recorrido aumenta las posibilidades de entrar en contacto con las fuerzas. Cualquier mínimo error de maniobra deviene en motivo para convocar a los cascos. Por suerte Maxi aún mantiene una cuota de audacia y percepción afilada.

Ni bien advirtió que la policía se acercaba, despabiló con un par de golpes a sus amigos y corrieron hasta el fondo del furgón desde donde se disiparon, perdiéndose entre la multitud.

Uno de los oficiales llegó a verlos escapar y gritó un par de “altos” mientras se acercaba rápidamente al final del vagón. La muchedumbre agolpada frenéticamente por la paranoia generada por el incidente, le impidió continuar el paso.

El perro viejo ya no se encontraba echado a un costado. Se acercó al gendarme y se enredó entre sus piernas al tiempo que le husmeaba insistentemente y moviendo la cola sin cesar. Con la mirada un poco desorbitada comenzó a ladrar y treparse por el cuerpo del vigilante. Patas delanteras sobre rodillas, flexión de patas traseras, envión y saltitos varios sobre el uniforme del hombre que iba tornándose avergonzado.

El tren arrancó nuevamente con comedia desopilante en vivo. Algunas risas musicalizaban el espectáculo, pero ninguna llegó a escucharse tan fuerte como la de Maxi, quien sobre el andén despedía a los actores haciendo gesto de victoria.

Otra de las enseñanzas de la calle suele ser despertar a tiempo del viaje y hacer desaparecer la evidencia. Aunque para muchos no se cumpla, uno suele ser inocente hasta que se demuestre lo contrario. Maxi lo sabe bien, así como también conoce que el consumo de sustancias en animales aún no está legalmente penado.

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