Maxi aspiró el fondo
de la bolsa mientras esperaba que el tren reanudara la marcha. Sus compañeros
se amontonaban a sus costados. Yacían boquiabiertos cuando el tambaleo no los
obligaba a rechinar los dientes. En boca cerrada no entran moscas y en esas bocas
hacía rato que no entraba algo más que miseria.
Un perro viejo los
miraba desde el otro lado del furgón sin sorprenderse demasiado. El Sarmiento
se convertía cotidianamente en escenario para el show de la pobreza.
La mugre surge
habitué, la droga circula como parte del festín y la mayoría de las caras
deambulan por el lugar reconociendo esa rutina como lo ajeno. Lo “otro” no
molesta mientras no se adjudique como propio. Así, la máquina va recorriendo las estaciones y
los trabajadores suben y bajan. Contraponiéndose al incesante movimiento, la
imagen de la carencia se congela, como fotografía pintoresca de la otra cara de
la moneda.
El tren continuó su
trayecto de manera normal, pero cuando se detuvo en estación Flores, la gente
comenzó a impacientarse. Maxi vivía la escena en cámara lenta. Ni las corridas,
ni el olor a goma quemada, ni el grito de los pasajeros lograron inquietarlo.
Fiel a su entrenamiento diario lo único que pudo advertir fue la aproximación
de las botas y los palos.
La frecuencia de
accidentes que se suceden últimamente en ese tramo del recorrido aumenta las
posibilidades de entrar en contacto con las fuerzas. Cualquier mínimo error de
maniobra deviene en motivo para convocar a los cascos. Por suerte Maxi aún
mantiene una cuota de audacia y percepción afilada.
Ni bien advirtió que
la policía se acercaba, despabiló con un par de golpes a sus amigos y corrieron
hasta el fondo del furgón desde donde se disiparon, perdiéndose entre la
multitud.
Uno de los oficiales
llegó a verlos escapar y gritó un par de “altos” mientras se acercaba
rápidamente al final del vagón. La muchedumbre agolpada frenéticamente por la
paranoia generada por el incidente, le impidió continuar el paso.
El perro viejo ya no
se encontraba echado a un costado. Se acercó al gendarme y se enredó entre sus
piernas al tiempo que le husmeaba insistentemente y moviendo la cola sin cesar.
Con la mirada un poco desorbitada comenzó a ladrar y treparse por el cuerpo del
vigilante. Patas delanteras sobre rodillas, flexión de patas traseras, envión y
saltitos varios sobre el uniforme del hombre que iba tornándose avergonzado.
El tren arrancó
nuevamente con comedia desopilante en vivo. Algunas risas musicalizaban el
espectáculo, pero ninguna llegó a escucharse tan fuerte como la de Maxi, quien
sobre el andén despedía a los actores haciendo gesto de victoria.
Otra de las
enseñanzas de la calle suele ser despertar a tiempo del viaje y hacer
desaparecer la evidencia. Aunque para muchos no se cumpla, uno suele ser
inocente hasta que se demuestre lo contrario. Maxi lo sabe bien, así como
también conoce que el consumo de sustancias en animales aún no está legalmente
penado.
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